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Un sueño que se puede acabar
Enviado el Wednesday, 22 July a las 14:25:29 por carrion |
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Por cauces y laderas
TELLO ANTOLÍN
Una de las especies cinegéticas más interesantes es, sin duda, la codorniz. La caza de la codorniz supone aprendizaje en los jóvenes que se inician –por cierto, cada vez menos–, estimación del perro de muestra y disfrute de participar en un ejercicio en el que la emoción se vive y repite cada año.
Abril, mayo y hasta junio son los meses más frecuentes para que la codorniz retorne del continente africano a Europa. La función de este viaje no es otra que la de aparearse y reproducir. Tan pronto estas aves encuentran parcela, buscan pareja. De ahí esos clásicos y prolongados cantos con los que estas africanas se llaman en los largos días de primavera, efectuando el acoplamiento. La hembra hace un nido rudimentario en la tierra, al que añaden muy pocos materiales, sólo unas pocas hierbas secas que moldean con su propio cuerpo y en él depositan entre seis y doce huevecillos, que incubará durante 21 días con tal amor que sería capaz de dejarse matar antes de abandonarlos. Sin embargo, a veces, y debido a la cantidad de predadores que acechan a esta avecilla, si la primera puesta es destruida o tiene que abandonarla, entonces es cuando vemos la capacidad reproductora de la codorniz, que es capaz de hacer una segunda puesta. No obstante, estas puestas posteriores son menos numerosas, pero con ellas se resuelven muy favorablemente los efectos negativos que hubieren podido incidir sobre la especie, en el caso de no darse esta capacidad de recuperación. Nidífugos y precoces, los pollitos nacen cubiertos de plumón. Con pocos días después del aprendizaje, en el que también interviene el macho, los pollos abandonan la familia para vivir en pequeños grupos. Un pollo de codorniz puede volar perfectamente con quince días y a los dos meses tiene facultades de vuelo como para emprender la emigración. Una codorniz de cuatro meses es considerada adulta. Esta madurez tan prematura resulta necesaria en las aves migratorias, que tienen un tiempo muy limitado para cumplir su ciclo de multiplicación y les es vital, pues las demoras les pueden hacer perder el tren de la emigración, como cuando vemos codornices en épocas y lugares que no son normales. Pocas aves como la codorniz deparan tantas satisfacciones al cazador, con amaneceres llenos de promesas y con puestas que son el mejor recuerdo del verano. Se caza, por tanto, a la gallinácea más pequeña de toda nuestra avifauna, cuya carne, por cierto, es considerada como una de las más delicadas y apreciadas. Pero, ¿qué está pasando en estos últimos años con las codornices? Nadie sabe con certeza si las poblaciones crecen, se mantienen o se hunden un poco más cada año, aunque todos sabemos lo de las concentraciones parcelarias. La poca o inexistente cobertura vegetal y el efecto, otra vez, de herbicidas y plaguicidas, no deja a la codorniz otro lugar para vivir y reproducirse que los eternos cultivos de cereal de ciclo corto. Pero cuando la codorniz anda aún en sus tareas de reproducción, si tiene la suerte de escapar de las aspas de la cosechadora, se queda en minutos sin la más mínima cobertura vegetal. Y al igual que las codornices pasa con las perdices y otras muchas aves que nidifican en el suelo. Todo esto lo estamos viendo año tras año, pero el problema de fondo es otro y de muy difícil solución. De acuerdo que la caza de esta avecilla está restringida y regulada mediante cupos y otras medidas, pero mientras no se subvencione la creación de márgenes de protección –el retraso o incluso la no recogida de la paja– y no se ponga freno a la alegre utilización de herbicidas y mientras las administraciones no fomenten políticas agrarias menos agresivas para codornices y otras, éstas seguirán apagándose, aunque no haya tiros.
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